OBJETIVOS

Bienvenidos a la fundación Centro de la Cultura Vasca GURE MENDIETAKOAK.

Hay una larga historia casi olvidada de la aportacion de la cultura Vasca en Antioquia, Colombia, la cual causó una gran influencia, y que aún hoy en dia sigue latente.

Nuestra fundación tiene el siguiente objetivo principal:

Dar a conocer la cultura Vasca en Antioquia y en el resto de Colombia mediante actos culturales de todo tipo para mostrar la historia, el arte, la cultura en general, que vascos y descendientes aportaron y siguen aportando hoy en dia.

Para ello se realizarán y expondrán obras de arte, musica y danzas, actos gastronómicos de cocina vasca y antioqueña, clases de Euskera, reuniones culturales, conferencias, etc...

Queremos invitar a participar a todos los Antioqueños descendientes de vascos, a todos los vascos en Antioquia, a Antioqueños que hayan vivido en el Pais Vasco y a aquellos que no teniendo nada que ver, quieran conocer y aprender. Pueden preguntar, aportar datos historicos, dar a conocer su musica, su arte, etc...

Nuestro email de contacto es:

culturavascoantioquia@gmail.com

Estamos ubicados en la ciudad de Caldas, muy cerca del area metropolitana de la ciudad de Medellín, Antioquia, Colombia. También tenemos algunos de nuestros colaboradores principales en Medellín.

Nuestros eventos culturales se realizarán mayoritariamente en Medellín y en Caldas.

La cultura es la representacion del significado del ser humano, y el arte en sí, es una gran reflexión sobre todo lo que la vida nos ofrece. Con nuestra fundación queremos aportar nuestro granito para demostrar que todos los pueblos estan unidos entre si, por medio de la historia, la cultura y el arte.

Esperemos que disfruten y participen en nuestra fundación.




jueves, 9 de julio de 2009

Poema al tiple de Jorge Robledo Ortiz

En esa caja de madera frágil, de cintura de mujer y
anatomía de violín maicero, está el proceso anímico
de una raza invencible, de un pueblo nacido para la
grandeza, para la conquista y el triunfo.

Un tiple fue el compañero de nuestros abuelos cuando
se aventuraron en la selva a sembrar caseríos y a descuajar
el porvenir. En sus cuerdas está la historia de todos los maizales
de Antioquia y del Quindío, de los cafetales que crecen a la sombra
de los yarumos y de las chapoleras en flor; de los arrieros de Bolívar
y del Cauca, de Anserma y de Sonsón, de esos hombres
que se enfrentaban al monte y al camino sin otras armas que un
escapulario, un corazón sin miedo y una frente limpia como sus
apellidos de ascendencia vasca.

Por las cuerdas de un tiple descendían los mineros al
socavón para arrancarle a las entrañas de la tierra
el oro para la argolla de la amada y el resplandor
para la custodia de la iglesia campesina.

Un tiple ha sido el consejero inseparable de nuestros
ingenieros. Ellos saben que antes de nivelar el teodolito,
es preciso apretar las clavijas de ese instrumento que
les ha de recordar la buena fe, el cumplimiento, la
responsabilidad y la entereza de unos viejos cuya palabra
valía más que una escritura.

Cuando un tiple suena, el alma tiene temple de virilidad
y las manos que lo rasgan son callosas y los ojos son
firmes y el gesto es resuelto y el amor es sincero.
Para que un tiple suene con su sabor de casta, es preciso que
esté respaldado por diez generaciones de hachas, que se
estremezca con el recuerdo del abuelo y que se conozca de
memoria todos los senderos de arriería, todas las fondas
camineras, las fatigas del trabajo y las alegrías y penas del amor.

El tiple que descansa en un clavo y recuesta su carga de
bambucos a la blanca pared de la casita campesina, tiene
nuestro mismo apellido y se sabe los nombres de nuestros
seres queridos. Cuando lo tomamos en las manos, nos
parece que acariciamos el cofre de la abuela; la trenza
sin pecado de una novia lejana que se peinaba con la misma
loción con que se peinan la yerbabuena y el tomillo; el rústico
bastón que servía a nuestro padre para apoyar su buena voluntad
y la paz de esas horas en las que Dios llenaba todos los rincones
del alma y la vida era simple y abierta como los corredores,
por donde se entraba el crepúsculo en busca de canciones.

En el tiple están los sueños de los hijos, la juguetona
inexperiencia de los nietos, la oración de la madre, el
retorno del hermano mayor, el canto de un río que se quedó
en la infancia, la copla del arriero, la madrugada de los surcos,
las noches que en Titiribí copaban los socavones para jugarse
al dado una constelación y las serenatas que servían de prólogo
a un nuevo hogar honrado, con manteles humildes, con pan en
abundancia y con la fe colgada como una hamaca entre el crucifijo y los maizales.

Tomado de: David Puerta Zuluaga, Los caminos del tiple, Bogotá, El Tiempo, 1985

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jorge Robledo Ortiz, gran poeta antioqueño. En muchas de sus poesías mencionaba los ancestros vascos de Antioquia, los campesinos y arrieros, tal como lo hicieron muchos de los de su generación, aquellos antioqueños de principio de siglo que tenían a Antioquia metida en su corazón.